La imagen titular de nuestra Hermandad, el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, representa a Cristo  en la Cruz justo después de que Nuestro Señor hubiese expirado, ya traspasado el costado por la lanza como indican los Evangelios.
La imagen, que data del año 1957, está tallada en su totalidad, corona de espinas incluida, en madera de pino de Suecia, prevista para un canon de 1’90 m, y toda ella con policromía.
La imagen de Cristo fue encargada en diciembre de 1956 por la primera Junta Directiva de la Hermandad, de la cual era Hermano Mayor D. Antonio Martí Pastor, al escultor valenciano y, entonces, catedrático de dibujo técnico del Instituto Laboral Ausias March, D. José Rausell Sanchis, quien percibió por su trabajo en 1957 la cantidad de 10.000 pesetas.
La bendición de la imagen tuvo lugar en la Parroquia de Cristo Rey el 14 de abril de 1957, Domingo de Ramos.
La imagen del Cristo sería restaurada en el año 1991 por D. Francisco Nogueroles, por una cantidad de 395.000 pesetas.
El escultor se ha acogido al momento bíblico que tan escuetamente relatan los evangelistas «… e inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn, 19,30), «… y diciendo esto expiró» (Lc, 23, 46); «Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró», (Mt, 27, 50; Mc. 15,37). 

De izquierda a derecha: imagen del Cristo en madera sin la policromía; boceto de 1956 elaborado por D. José Rausell Sanchis; radiografías (pies y parte izquierda del pecho) tomadas en 1991 para la restauración del Cristo.

Característica singular de la talla es que Cristo presenta taladradas las muñecas entre los huesos cúbito y radio, de acuerdo con los últimos conocimientos que se tenían en ese momento sobre el tema, y no en los metacarpos (palmas de la mano), como venía haciendo la iconografía tradicional. Por otra parte, la leyenda INRI, por fidelidad absoluta al texto bíblico, aparece en las tres lenguas que menciona San Juan: hebreo, latín y griego (Jn. 19,20). 
La talla causó impresión en su día y alcanzó elogios de cuántos asistieron a su bendición, fundamentalmente por la sensación de verismo. D. José Rausell presta atención a los volúmenes; estudia con rigor el movimiento de la gravedad que la muerte impone al cuerpo; analiza y trabaja con minuciosidad la anatomía -una anatomía vigorosa y de encarnada conseguidísima- y cuida esmeradamente la expresividad: tiene Cristo la cabeza caída, ladeada ligeramente a su derecha. Los ojos, vencidos finalmente por la muerte, han quedado ocultos bajo unos dilatados párpados. La boca, entreabierta, es signo evidente del trance consumado. Pero el estertor de la agonía todavía reciente ha ido dejando paso a una expresión dulce rosada. La mueca sobrecogida de la la «última palabra», la convulsión tremebunda y el grito aterrador en lo alto del Gólgota, se ha ido despegando de dramatismo trágico y se traduce ahora en un semblante serio, de placidez infinita, fuente de paz espiritual para quienes la contemplan.
"Los ojos, vencidos finalmente por la muerte, han quedado ocultos bajo unos dilatados párpados"

La advocación de “Cristo de la Buena Muerte” tiene un profundo sentido cristiano, pues proclama el misterio de la cruz: la Buena y Santa Muerte de Jesús. Su muerte en la cruz es el más perfecto acto de amor de Jesús al Padre y a todos los hombres. Su vida y su muerte, ofrecida voluntariamente al Padre por nosotros, es fuente de perdón, de amor y de vida para todos hombres (1Jn 4,10). Jesús, libremente, obedeció el deseo salvífico de Dios Padre (Jn 3,16-17) y se entregó a la muerte en la cruz por amor a nosotros (Jn 13,1; 1Jn 3,16). Su santa muerte es “Buena” porque ella fue expresión de su amor total por nosotros y porque por ella Cristo destruyó la raíz del pecado, del mal y de la muerte (Hb 2,9; Col 1,22). “En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros” 1Jn 3,16. Porque su Buena Muerte es nuestra vida plena y nuestra salvación.

José Antonio Pastor